1.- CONCILIO DE
EFESO: año 431.
2.-
SOLLICITUDO OMMNIUM ECCLESIARUM - BREVE. Año 1661.
3.- INEFFABILIS DEUS
-BULA. Año 1854.
4.- MAGNAE DEI
MATRIS -ENCICLICA . Año 1892.
5.- AD DIEM ILLUD
-ENCICLICA. . Año 1904.
6.- LUX VERITATIS
-ENCICLICA. Año 1931.
7.- MUNIFENTISSIMUS DEUS
-CONSTITUCION APOSTOLICA. Año 1950.
8.- AD COELI REGINAM
-ENCICLICA. Año 1954.
9.- LUMEN GENTIUM -CONSTITUCION
DOGMATICA.
10.- SIGNUM -EXHORTACIÓN APOSTOLICA.
Año 1967.
11.- MARIALIS CULTUS
-EXHORTACION APOSTOLICA . Año 1974.
12.- REDEMPTORIS MATER
-ENCICLICA . Año 1987.
13.- MES DE MAYO
DEDICADO A LA VIRGEN MARIA. Año 1965.
14. ROSARIO EN
FAMILIA. Año 1951.
1.- CONCILIO DE
EFESO: año 431. Definió solemnemente que María es "madre
de Dios" porque engendró a Cristo, verdadero Dios. Condenó
la enseñanza de Nestorio, que negaba la maternidad divina de
María. Fué presidido por San Cirilo de Alejandría, Doctor de
la Iglesia. Convocado por el Papa San Celestino I y
presidido por el Patriarca Cirilo de Alejandría, ese
Concilio condenó la herejía cristológica y mariológica de
Nestorio y proclamó la maternidad divina de María, La
Theotokos. El símbolo de Efeso precisa que las dos
naturalezas, humana y divina de Cristo, están unidas sin
confusión y por lo tanto María es verdaderamente “Madre de
Dios”.
2.-
SOLLICITUDO OMMNIUM ECCLESIARUM - BREVE. Año 1661. De
Alejandro VII, "en favor de la opinión que afirma que el
alma de la Bienaventurada Virgen María fue enriquecida con
la gracia del Espíritu Santo y preservada del pecado
original".
3.- INEFFABILIS DEUS
-BULA. Año 1854. Pío IX. Declaró dogma de fe la
Inmaculada Concepción de la Virgen María, "preservada inmune
de toda mancha de culpa original, en atención a los méritos
de Jesucristo, Salvador".
Fundamento Bíblico: La Biblia
no menciona explícitamente el dogma de la Inmaculada
Concepción, como tampoco menciona explícitamente muchas
otras doctrinas que la Iglesia recibió de los Apóstoles. La
palabra "Trinidad", por ejemplo, no aparece en la Biblia.
Pero la Inmaculada Concepción se deduce de la Biblia cuando
ésta se interpreta correctamente a la luz de la Tradición
Apostólica.
El primer pasaje que contiene la promesa de la redención (Genesis
3:15) menciona a la Madre del Redentor. Es el llamado Proto-evangelium,
donde Dios declara la enemistad entre la serpiente y la
Mujer. Cristo, la semilla de la mujer (María) aplastará la
cabeza de la serpiente. Ella será exaltada a la gracia
santificante que el hombre había perdido por el pecado. Solo
el hecho de que María se mantuvo en estado de gracia puede
explicar que continúe la enemistad entre ella y la
serpiente. El Proto-evangelium, por lo tanto, contiene una
promesa directa de que vendrá un redentor. Junto a El se
manifestará su obra maestra: La preservación perfecta de
todo pecado de su Madre Virginal.
En Lucas 1:28 el ángel Gabriel enviado por Dios le dice a la
Santísima Virgen María «Alégrate, llena de gracia, el Señor
está contigo.». Las palabras en español "Llena de gracia" no
hace justicia al texto griego original que es "kecharitomene"
y significa una singular abundancia de gracia, un estado
sobrenatural del alma en unión con Dios. Aunque este pasaje
no "prueba" la Inmaculada Concepción de María ciertamente lo
sugiere.
4.- MAGNAE DEI
MATRIS -ENCICLICA . (Gran Madre de Dios). Año 1892. De
León XIII, gran devoto de María. Propagó el rezo del
rosario.
5.- AD DIEM ILLUD -ENCICLICA.
. Año 1904. De Pío X en el 50 aniversario de la proclamación
de la Inmaculada Concepción.
6.- LUX VERITATIS
-ENCICLICA. (la luz de la verdad). Año 1931. Pío XI. Con
ocasión del XV Centenario del Concilio de Efeso.
7.- MUNIFENTISSIMUS DEUS
-CONSTITUCION APOSTOLICA. Año 1950. Pío XII. Proclama el
dogma de la Asunción de María al cielo.
Fundamento de este dogma: El
Papa Pío XII bajo la inspiración del Espíritu Santo, y
después de consultar con todos los obispos de la Iglesia
Católica, y de escuchar el sentir de los fieles, el primero
de Nov. de 1950, definió solemnemente con su suprema
autoridad apostólica, el dogma de la Asunción de María. Este
fue promulgado en la Constitución "Munificentissimus Deus":
"Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de
invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de
Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar
benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los
siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar
la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de
toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor
Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y
con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser
dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y
siempre Virgen María, terminado el curso de su vida
terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del
cielo".
¿Cual es el fundamento para este dogma? El Papa Pío XII
presentó varias razones fundamentales para la definición del
dogma:
1-La inmunidad de María de todo pecado: La descomposición
del cuerpo es consecuencia del pecado, y como María, careció
de todo pecado, entonces Ella estaba libre de la ley
universal de la corrupción, pudiendo entonces, entrar
prontamente, en cuerpo y alma, en la gloria del cielo.
2-Su Maternidad Divina: Como el cuerpo de Cristo se había
formado del cuerpo de María, era conveniente que el cuerpo
de María participara de la suerte del cuerpo de Cristo. Ella
concibió a Jesús, le dio a luz, le nutrió, le cuido, le
estrecho contra su pecho. No podemos imaginar que Jesús
permitiría que el cuerpo, que le dio vida, llegase a la
corrupción.
3-Su Virginidad Perpetua: como su cuerpo fue preservado en
integridad virginal, (toda para Jesús y siendo un
tabernáculo viviente) era conveniente que después de la
muerte no sufriera la corrupción.
4-Su participación en la obra redentora de Cristo: María, la
Madre del Redentor, por su íntima participación en la obra
redentora de su Hijo, después de consumado el curso de su
vida sobre la tierra, recibió el fruto pleno de la
redención, que es la glorificación del cuerpo y del alma.
La Asunción es la victoria de Dios confirmada en María y
asegurada para nosotros. La Asunción es una señal y promesa
de la gloria que nos espera cuando en el fin del mundo
nuestros cuerpos resuciten y sean reunidos con nuestras
almas
8.- AD COELI REGINAM -ENCICLICA.
(a la Reina del Cielo). Año 1954. Pío XII. Establece la
fiesta de María Reina.
9.- LUMEN GENTIUM -CONSTITUCION
DOGMATICA. (Luz de las gentes). Del Concilio Vaticano II.
Este documento sobre la Iglesia dedica el capítulo 8 a María
Santísima.
LA BIENAVENTURADA VIRGEN
MARIA, MADRE DE DIOS,
EN EL MISTERIO DE CRISTO Y DE LA IGLESIA
I. "PROEMIO"
52. LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARIA EN EL MISTERIO DE CRISTO
El benignísimo y sapientísimo Dios, queriendo llevar a
término la redención del mundo, "cuando llegó el fin de los
tiempos, envió a su Hijo hecho de Mujer... para que
recibiésemos la adopción de hijos" (Gál., 4, 4-5). "El cual
por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación descendió
de los cielos, y se encarnó por obra del Espíritu Santo de
María Virgen"[172]. Este misterio divino de salvación se nos
revela y continúa en la Iglesia, a la que el Señor
constituyó como su Cuerpo y en ella los fieles, unidos a
Cristo, su Cabeza, en comunión con todos sus Santos, deben
también venerar la memoria "en primer lugar, de la gloriosa
siempre Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor
Jesucristo"[173].
53. LA BIENAVENTURADA VIRGEN Y LA IGLESIA
En efecto, la Virgen María, que según el anuncio del ángel
recibió al Verbo de Dios en su corazón y en su cuerpo y
trajo la Vida al mundo, es reconocida y honrada como
verdadera Madre de Dios Redentor. Redimida de un modo
eminente, en atención a los futuros méritos de su Hijo y a
El unida con estrecho e indisoluble vínculo, está
enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad de ser la
Madre de Dios Hijo y, por tanto, la hija predilecta del
Padre y el sagrario del Espíritu Santo; con un don de gracia
tan eximia, antecede, con mucho, a todas las criaturas
celestiales y terrenas. Al mismo tiempo está unida en la
estirpe de Adán con todos los hombres que necesitan ser
salvados; más aún: es verdaderamente madre de los miembros
(de Cristo)... por haber cooperado con su amor a que
naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de
aquella Cabeza"[174]. Por eso también es saludada como
miembro sobreeminente y del todo singular de la Iglesia, su
prototipo y modelo eminentísimos en la fe y caridad y a
quien la Iglesia Católica, enseñada por el Espíritu Santo,
honra con filial afecto de piedad como a Madre amantísima.
54. INTENCION DEL CONCILIO
Por eso, el Sacrosanto Sínodo, al exponer la doctrina de la
Iglesia, en la cual el Divino Redentor realiza la salvación,
quiere explicar cuidadosamente tanto la función de la
Bienaventurada Virgen María en el misterio del Verbo
Encarnado y del Cuerpo Místico, como los deberes de los
hombres redimidos hacia la Madre de Dios, Madre de Cristo y
Madre de los hombres, en especial de los fieles, sin que
tenga la intención de proponer una completa doctrina de
María, ni tampoco dirimir las cuestiones no aclaradas
totalmente por el estudio de los teólogos. Conservan, pues,
su derecho las sentencias que se proponen libremente en las
escuelas católicas sobre Aquella que en la Santa Iglesia
ocupa después de Cristo, el lugar más alto y el más cercano
a nosotros[175].
II. OFICIO DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN
EN LA ECONOMIA DE LA SALVACION
55. LA MADRE DEL MESIAS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
La Sagrada Escritura del Antiguo y del Nuevo Testamento y la
venerable Tradición, muestran en forma cada vez más clara el
oficio de la Madre del Salvador en la economía de la
salvación y, por así decirlo, lo muestran ante los ojos. Los
libros del Antiguo Testamento describen la historia de la
salvación, en la cual se prepara, paso a paso, el
advenimiento de Cristo al mundo. Estos primeros documentos,
tal como son leídos en la Iglesia y son entendidos a la luz
de una ulterior y más plena revelación, cada vez con mayor
claridad iluminan la figura de la mujer Madre del Redentor.
Ella misma, es esbozada bajo esta luz profeticamente en la
promesa de victoria sobre la serpiente, dada a nuestros
primeros padres, caídos en pecado (cf. Gén., 3, 15). Así
también, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un
Hijo cuyo nombre será Emanuel (Cf. Is., 7, 14; Miq., 5, 2-3;
Mt., 1, 22-23). Ella misma sobresale entre los humildes y
pobres del Señor, que de El con confianza esperan y reciben
la salvación. En fin, con ella, excelsa Hija de Sión, tras
larga espera de la promesa, se cumple la plenitud de los
tiempos y se inaugura la nueva Economía, cuando el Hijo de
Dios asumió de ella la naturaleza humana para librar al
hombre del pecado mediante los misterios de su carne.
56. MARIA EN LA ANUNCIACION
El Padre de las misericordias quiso que precediera a la
encarnación la aceptación de parte de la madre predestinada,
para que así como la mujer contribuyó a la muerte, así
también contribuyera a la vida. Lo cual vale en forma
eminente de la Madre de Jesús, que dio al mundo la Vida
misma que renueva todas las cosas, y que fue enriquecida por
Dios con dones correspondientes a tan gran oficio. Por eso
no es extraño que entre los Santos Padres fuera común llamar
a la Madre de Dios la toda santa e inmune de toda mancha de
pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una
nueva criatura[176]. Enriquecida desde el primer instante de
su concepción con esplendores de santidad del todo singular,
la Virgen Nazarena es saludada por el ángel por mandato de
Dios como "llena de gracia" (cf. Lc., 1, 28), y ella
responde al enviado celestial: "He aquí la esclava del
Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lc., 1, 38). Así
María, hija de Adán, aceptando la palabra divina, fue hecha
Madre de Jesús y abrazando la voluntad salvífica de Dios,
con generoso corazón y sin el impedimento de pecado alguno,
se consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a
la Persona y a la obra de su Hijo, sirviendo bajo El y con
El, por la gracia de Dios omnipotente, al misterio de la
Redención. Con razón, pues, los Santos Padres consideran a
María, no como un mero instrumento pasivo en las manos de
Dios, sino como cooperadora a la salvación humana por la
libre fe y obediencia. Porque ella, como dice San Ireneo,
"obedeciendo fue causa de su salvación propia y de la de
todo el género humano"[177]. Por eso no pocos Padres
antiguos en su predicación, gustosamente afirman con él: "El
nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la
obediencia de María: lo que ató la virgen Eva por la
incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe"[178]; y
comparándola con Eva, llaman a María "Madre de los
vivientes"[179], y afirman con mucha frecuencia: "la muerte
vino por Eva, por María la vida"[180].
57. LA BIENAVENTURADA VIRGEN Y EL NIÑO JESUS
La unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación
se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de
Cristo hasta su muerte; en primer término, cuando María se
dirige presurosa a visitar a Isabel, es saludada por ella
como bienaventurada a causa de su fe en la salvación
prometida y el precursor saltó de gozo (cf. Lc., 1, 41-43)
en el seno de su madre; y en la Natividad, cuando la Madre
de Dios, llena de alegría muestra a los pastores y a los
Magos a su Hijo primogénito, que lejos de disminuir consagró
su integridad virginal[181]. Y cuando, ofrecido el rescate
de los pobres, lo presentó al Señor, oyó al mismo tiempo a
Simeón que anunciaba que el Hijo sería signo de
contradicción y que una espada atravesaría el alma de la
Madre, para que se manifestasen los pensamientos de muchos
corazones (cf. Lc., 2, 34-35). Al Niño Jesús perdido y
buscado con dolor, sus padres lo hallaron en el templo,
ocupado en las cosas que pertenecían a su Padre, y no
entendieron su respuesta. Pero su Madre conservaba en su
corazón, meditándolas, todas estas cosas (cf. Lc., 2,
41-51).
58. LA BIENAVENTURADA VIRGEN EN EL MINISTERIO PUBLICO DE
JESUS
En la vida pública de Jesús, su Madre aparece
significativamente: ya al principio durante las bodas de
Caná de Galilea, movida a misericordia, consiguió por su
intercesión el comienzo de los milagros de Jesús Mesías (cf.
Jn., 2, 1-11). En el decurso de la predicación de su Hijo
acogió las palabras con las que (cf. Lc., 2, 19 y 51),
elevando el Reino de Dios sobre los motivos y vínculos de la
carne y de la sangre, proclamó bienaventurados a los que
oían y observaban la palabra de Dios, como ella lo hacía
fielmente (cf. Mc., 3, 35 par.; Lc., 11, 27-28). Así también
la Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe
y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz, en
donde, no sin designio divino, se mantuvo de pie (cf. Jn.,
19, 25), sufrió profundamente con su Unigénito y se asoció
con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor
en la inmolación de la víctima concebida por Ella misma, y
finalmente, fue dada como Madre al discípulo por el mismo
Cristo Jesús moribundo en la Cruz, con estas palabras: "[exclamdown]Mujer,
he ahí a tu hijo!" (cf. Jn., 19, 26-27)[182].
59. LA BIENAVENTURADA VIRGEN DESPUES DE LA ASCENSION
Queriendo Dios no manifestar solemnemente el sacramento de
la salvación humana antes de derramar el Espíritu prometido
por Cristo, vemos a los Apóstoles antes del día de
Pentecostés "perseverar unánimemente en la oración, con las
mujeres y María, la Madre de Jesús, y los hermanos de El" (Hech.,
1, 14), y a María implorando con sus ruegos el don del
Espíritu Santo, el cual ya la había cubierto con su sombra
en la Anunciación. Finalmente, la Virgen Inmaculada,
preservada inmune de toda mancha de culpa original[183],
terminado el curso de su vida terrena, en alma y en cuerpo
fue asunta a la gloria celestial[184] y enaltecida por el
Señor como Reina del Universo, para que se asemejara más
plenamente a su Hijo, Señor de los que dominan (Apoc., 19,
16) y vencedor del pecado y de la muerte[185].
III. LA BIENAVENTURADA VIRGEN
Y LA IGLESIA
60. MARIA, ESCLAVA DEL SEÑOR, EN LA OBRA DE LA REDENCION Y
DE LA SANTIFICACION
Uno solo es nuestro Mediador según la palabra del Apóstol:
"Porque uno es Dios y uno el Mediador de Dios y de los
hombres, un hombre, Cristo Jesús, que se entregó a Sí mismo
como precio de rescate por todos" (I Tim., 2, 5-6). Pero la
función maternal de María hacia los hombres de ninguna
manera oscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo,
sino más bien muestra su eficacia. Porque todo el influjo
salvífico de la Bienaventurada Virgen en favor de los
hombres, no nace de ninguna necesidad, sino del divino
beneplácito y brota de la superabundancia de los méritos de
Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente
y de la misma saca toda su eficacia, y lejos de impedirla,
fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo.
61. MATERNIDAD ESPIRITUAL
La Bienaventurada Virgen, predestinada desde toda la
eternidad como Madre de Dios junto con la Encarnación del
Verbo divino por designio de la Divina Providencia, fue en
la tierra la benéfica Madre del Divino Redentor y en forma
singular la generosa colaboradora entre todas las criaturas
y la humilde esclava del Señor.
Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo,
presentándolo en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo
mientras El moría en la Cruz, cooperó en forma del todo
singular, por la obediencia, la fe, la esperanza y la
encendida caridad, en la restauración de la vida
sobrenatural de las almas. Por tal motivo es nuestra Madre
en el orden de la gracia.
62. MEDIADORA
Y esta maternidad de María perdura si cesar en la economía
de la gracia, desde el momento en que prestó fiel
asentimiento en la Anunciación, y lo mantuvo sin vacilación
al pie de la Cruz, hasta la consumación perfecta de todos
los elegidos. Pues una vez asunta a los cielos, no dejó su
oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su
múltiple intercesión los dones de la eterna salvación[186].
Por su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo que
peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan
contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz.
Por eso, la Bienaventurada Virgen en la Iglesia es invocada
con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro,
Mediadora[187]. Lo cual, sin embargo, se entiende de manera
que nada quite ni agregue a la dignidad y eficacia de
Cristo, único Mediador[188].
Porque ninguna criatura puede compararse jamás con el Verbo
Encarnado, nuestro Redentor; pero así como del sacerdocio de
Cristo participan de varias maneras, tanto los ministros
como el pueblo fiel, y así como la única bondad de Dios se
difunde realmente en formas distintas en las criaturas, así
también la única mediación del Redentor no excluye, sino que
suscita en sus criaturas una múltiple cooperación que
participa de la fuente única.
La Iglesia no duda en atribuir a María un tal oficio
subordinado, lo experimenta continuamente y lo recomienda al
amor de los fieles, para que, apoyados en esta protección
maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador.
63. MARIA, COMO VIRGEN Y MADRE, TIPO DE LA IGLESIA
La Bienaventurada Virgen, por el don y el oficio de la
maternidad divina, con que está unida al Hijo Redentor, y
por sus singulares gracias y dones, está unida también
íntimamente a la Iglesia. La Madre de Dios es tipo de la
Iglesia, como ya enseñaba San Ambrosio; a saber: en el orden
de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con
Cristo[189]. Porque en el misterio de la Iglesia, que con
razón también es llamada madre y virgen, la Bienaventurada
Virgen María la precedió, mostrando en forma eminente y
singular el modelo de la virgen y de la madre[190]; pues
creyendo y obedeciendo engendró en la tierra al mismo Hijo
del Padre, y esto sin conocer varón, por obra del Espíritu
Santo, como una nueva Eva, prestando fe sin sombra de duda,
no a la antigua serpiente, sino al mensaje de Dios. Dio a
luz al Hijo, a quien Dios constituyó como primogénito entre
muchos hermanos (Rom., 8, 29); a saber: los fieles, a cuya
generación y educación coopera con materno amor.
64. FECUNDIDAD DE LA VIRGEN Y DE LA IGLESIA
Ahora bien: la Iglesia, contemplando su arcana santidad e
imitando su caridad, y cumpliendo fielmente la voluntad del
Padre, también ella es madre, por la palabra de Dios
fielmente recibida; en efecto, por la predicación y el
bautismo engendra para la vida nueva e inmortal a los hijos
concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. Y
también ella es virgen que custodia pura e íntegramente la
fidelidad prometida al Esposo e imitando a la Madre de su
Señor, por la virtud del Espíritu Santo, conserva
virginalmente la fe íntegra, la sólida esperanza, la sincera
caridad[191].
65. VIRTUDES DE MARIA QUE HAN DE SER IMITADAS POR LA IGLESIA
Mientras que la Iglesia en la Beatísima Virgen ya llegó a la
perfección, por la que se presenta sin mancha ni arruga,
(cf. Ef., 5, 27), los fieles, en cambio, aún se esfuerzan en
crecer en la santidad venciendo el pecado: y por eso
levantan sus ojos hacia María, que brilla ante toda la
comunidad de los elegidos como modelo de virtudes. La
Iglesia, reflexionando piadosamente sobre ella y
contemplándola a la luz del Verbo hecho hombre, llena de
veneración entra más profundamente en el altísimo misterio
de la Encarnación y se asemeja más y más a su Esposo. Porque
María, que habiendo participado íntimamente en la historia
de la Salvación, en cierta manera une en sí y refleja las
más grandes verdades de la fe, al ser predicada y honrada,
atrae a los creyentes hacia su Hijo, hacia su sacrificio y
hacia el amor del Padre. La Iglesia, a su vez, buscando la
gloria de Cristo, se hace más semejante a su excelso Modelo,
progresando continuamente en la fe, la esperanza y la
caridad, buscando y siguiendo en todas las cosas la divina
voluntad. Por lo cual, también en su obra apostólica con
razón la Iglesia mira hacia aquella que engendró a Cristo,
concebido por el Espíritu Santo y nacido de la Virgen
precisamente, para que por la Iglesia nazca y crezca también
en los corazones de los fieles. La Virgen en su vida fue
ejemplo de aquel afecto materno, con el que es necesario
estén animados todos los que en la misión apostólica de la
Iglesia cooperan para regenerar a los hombres.
IV. CULTO DE LA BIENAVENTURADAVIRGEN EN LA IGLESIA
66. NATURALEZA Y FUNDAMENTO DEL CULTO
María, que por la gracia de Dios, después de su Hijo, fue
exaltada por encima de todos los ángeles y los hombres, en
cuanto que es la Santísima Madre de Dios, que tomó parte en
los misterios de Cristo, con razón es honrada con especial
culto por la Iglesia. Y, en efecto, desde los tiempos más
antiguos la Bienaventurada Virgen es honrada con el título
de "Madre de Dios", a cuyo amparo los fieles en todos sus
peligros y necesidades acuden con sus súplicas[192].
Especialmente desde el Concilio de Efeso, el culto del
pueblo de Dios hacia María creció admirablemente en la
veneración y el amor, en la invocación e imitación, según
las palabras proféticas de ella misma: "Me llamarán
bienaventurada todas las generaciones, porque hizo en mí
cosas grandes el Poderoso" (Lc., 1, 48). Este culto, tal
como existió siempre en la Iglesia aunque es del todo
singular, difiere esencialmente del culto de adoración, que
se da al Verbo Encarnado lo mismo que al Padre y al Espíritu
Santo, y lo promueve poderosamente. Pues las diversas formas
de la piedad hacia la Madre de Dios, que la Iglesia ha
aprobado dentro de los límites de la doctrina sana y
ortodoxa, según las condiciones de los tiempos y lugares y
según la índole y modo de ser de los fieles, hacen que
mientras se honra a la Madre, el Hijo, en quien fueron
creadas todas las cosas (cf. Col., 1, 15-16) y en quien
"tuvo a bien el Padre que morase toda la plenitud" (Col., 1,
19), sea debidamente conocido, amado, glorificado y sean
cumplidos sus mandamientos.
67. ESPIRITU DE LA PREDICACION Y DEL CULTO
El Sacrosanto Sínodo enseña deliberadamente esta doctrina
católica y exhorta al mismo tiempo a todos los hijos de la
Iglesia a que cultiven generosamente el culto, sobre todo
litúrgico, hacia la Bienaventurada Virgen, como también
estimen mucho las prácticas y ejercicios de piedad hacia
Ella, recomendados en el curso de los siglos por el
Magisterio, y que observen religiosamente aquellas cosas que
en los tiempos pasados fueron decretadas acerca del culto de
las imágenes de Cristo, de la Bienaventurada Virgen y de los
santos[193]. Asimismo exhorta encarecidamente a los teólogos
y a los predicadores de la divina palabra que se abstengan
con cuidado tanto de toda falsa exageración como también de
una excesiva estrechez de espíritu, al considerar la
singular dignidad de la Madre de Dios[194]. Cultivando el
estudio de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres y
doctores y de las liturgias de la Iglesia, bajo la dirección
del Magisterio, ilustren rectamente los dones y privilegios
de la Bienaventurada Virgen, que siempre están referidos a
Cristo, origen de toda verdad, santidad y piedad. Aparten
con diligencia todo aquello que, sea de palabra, sea de
obra, pueda inducir a error a los hermanos separados o a
cualesquiera otros acerca de la verdadera doctrina de la
Iglesia. Recuerden, por su parte, los fieles que la
verdadera devoción no consiste ni en un afecto estéril y
transitorio, ni en vana credulidad, sino que procede de la
fe verdadera, que nos lleva a reconocer la excelencia de la
Madre de Dios y nos excita a un amor filial hacia nuestra
Madre y a la imitación de sus virtudes.
V. MARIA, SIGNO DE ESPERANZA
CIERTA Y CONSUELO PARA EL
PUEBLO DE DIOS PEREGRINANTE
68. Entre tanto, la Madre de Jesús, de la misma manera que
ya glorificada en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen
y principio de la Iglesia que ha de ser consumada en el
futuro siglo, así en esta tierra, hasta que llegue el día
del Señor (cf. 2 Pe., 3, 10), brilla ante el pueblo de Dios
peregrinante, como signo de esperanza segura y de consuelo.
69. Ofrece gran gozo y consuelo a este Sacrosanto Sínodo el
hecho de que tampoco falten entre los hermanos separados
quienes tributan debido honor a la Madre del Señor y
Salvador, especialmente entre los Orientales, que van a una
con nosotros por su impulso fervoroso y ánimo devoto en el
culto de la siempre Virgen Madre de Dios[195]. Ofrezcan
todos los fieles súplicas insistentes a la Madre de Dios y
Madre de los hombres, para que Ella, que estuvo presente a
las primeras oraciones de la Iglesia, ensalzada ahora en el
cielo sobre todos los bienaventurados y los ángeles, en la
comunión de todos los santos, interceda también ante su Hijo
para que las familias de todos los pueblos, tanto los que se
honran con el nombre cristiano, como los que aún ignoran al
Salvador, sean felizmente congregados con paz y concordia en
un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e
individua Trinidad.
Todas y cada una de las cosas establecidas en esta
Constitución dogmática fueron del agrado de los Padres. Y
Nos, con la potestad Apostólica conferida por Cristo,
juntamente con los Venerables Padres, en el Espíritu Santo,
las aprobamos, decretamos y establecemos y mandamos que,
decretadas sinodalmente, sean promulgados para gloria de
Dios.
Roma, en San Pedro, día 21 de Noviembre de 1964.
Yo PAULO, Obispo de la Iglesia Católica
Siguen las firmas de los Padres
10.- SIGNUM -EXHORTACIÓN
APOSTOLICA. Año 1967. Pablo VI en el 50 aniversario de las
apariciones de Fátima en Portugal.
FATIMA: En 1917, tres
pastorcitos, después de haber sido preparados por el ángel
de Portugal, reciben la visita de la Madre del Cielo, María
Santísima, quien se da a conocer como La Virgen del Rosario
y les muestra su Inmaculado Corazón.
Juan Pablo II a expresado numerosas veces que la visita de
la Virgen y sus mensajes en Fátima son de gran trascendencia
para toda la humanidad. El se reconoce como el Papa de los
mensajes, el que debe guiar a la Iglesia en tiempo de
crisis. El ha puesto, la bala que traspasó su cuerpo en el
atentado del 1981, como también su anillo papal, a los pies
de la Virgen de Fátima. El ha beatificado a dos de los
videntes (la tercera, Sor Lucía, murió en el 2005 y se
espera que también sea beatificada). JPII ha peregrinado a
Fátima tres veces, ha consagrado el mundo al Inmaculado
Corazón de María según ella pidió, ha elevado la fiesta del
Corazón Inmaculado de María a Memorial Obligatorio. Es hora
de abrir el corazón a nuestra Santísima Madre. El futuro de
la humanidad depende de ello.
Si la Iglesia aceptó el mensaje de Fátima es porque este
mensaje contiene una verdad y un llamamiento que son el
contenido mismo del evangelio (Juan Pablo II)
11.- MARIALIS CULTUS -EXHORTACION
APOSTOLICA . (Culto a María). Año 1974. De Pablo VI, sobre
el culto y devoción a la Santísima Virgen, a los 10 años del
Concilio Vaticano II. Grandes abusos contra la devoción
Mariana se han hecho en el período pos conciliar, la mayoría
de ellos quisieron en nombre del Concilio disminuir la
devoción. Marialis Cultus establece la auténtica
implementación del mismo.
MARIALIS CULTUS
Exhortación Apostólica de S.S. Pablo VI, 1974
La devoción de la Iglesia hacia la Santísima Virgen
pertenece a la naturaleza misma del culto cristiano. La
veneración que siempre y en todo lugar ha manifestado a la
Madre del Señor, desde la bendición de Isabel hasta las
expresiones de alabanza y súplica de nuestro tiempo,
constituye un sólido testimonio de cómo la «lex orandi» (el
culto) es una invitación a reavivar en las conciencias la «lex
credendi» (la fe). Y viceversa: la «lex credendi» de la
Iglesia requiere que por todas partes florezca lozana la «lex
orandi» en relación con la Madre de Cristo.
El culto a la Virgen tiene raíces profundas en la Palabra
revelada y sólidos fundamentos en las verdades de la
doctrina católica, tales como:
- la singular dignidad de María, Madre del Hijo de Dios y,
por lo mismo, Hija predilecta del Padre y templo del
Espíritu Santo; por tal extraordinaria gracia aventaja con
mucho a todas las demás criaturas, celestiales y terrestres;
- su cooperación incondicional en momentos decisivos de la
obra de la salvación llevada a cabo por su Hijo;
- su santidad, que ya era plena en el momento de su
concepción inmaculada y que, no obstante, fue creciendo más
y más a medida que se adhería a la voluntad del padre y
recorría el camino del sufrimiento, progresando
constantemente en te, esperanza y caridad;
- su misión y el puesto que ocupa, único en el Pueblo de
Dios, del que es al mismo tiempo miembro eminente, ejemplar
acabado y Madre amantísima;
- su incesante y eficaz intercesión, mediante la cual, aun
habiendo sido asunta al cielo, sigue mostrándose cercana a
los fieles que la suplican y aun a aquellos que ignoran que
realmente son hijos suyos;
- su gloria, en fin, que ennoblece a todo el género humano,
como lo expresó maravillosamente el poeta Dante: «tu eres
aquella que ennobleció tanto la naturaleza humana, que su
Creador no desdeñó convertirse en hechura tuya»; en efecto,
María pertenece a nuestra estirpe como verdadera hija de
Eva, aunque ajena a la mancha de la madre, y verdadera
hermana nuestra, que ha compartido en todo nuestra
condición, como mujer humilde y pobre.
Añadiremos que el culto a la Virgen tiene su razón última en
el designio insondable y libre de Dios, el cual, siendo amor
eterno y divino, lleva a cabo todo según un designio de
amor: la amó y obró en ella maravillas; la amó por sí mismo,
la amó por nosotros; se la dio a sí mismo y nos la dio a
nosotros.
Cristo es el único camino al Padre, Cristo es el modelo
supremo al que el discípulo debe conformar la propia
conducta, hasta lograr tener sus mismos sentimientos, vivir
su vida y poseer su Espíritu. Esto es lo que la Iglesia ha
enseñado en todo tiempo y nada en la acción pastoral debe
oscurecer esta doctrina.
Pero la misma Iglesia, guiada por el Espíritu Santo y
amaestrada por una experiencia secular, reconoce que también
el culto a la Virgen María, de modo subordinado al culto que
rinde al Salvador y en conexión con él, tiene una gran
eficacia pastoral y constituye una fuerza renovadora de la
vida cristiana.
La razón de dicha eficacia se intuye fácilmente. La múltiple
misión que la Virgen María ejerce para con el Pueblo de Dios
es una realidad sobrenatural que actúa eficazmente en la
comunidad eclesial.
Será útil considerar los diversos aspectos de dicha misión y
ver cómo todos se orientan, cada uno con su eficacia propia,
hacia el mismo fin: reproducir en los hijos los rasgos
espirituales del Hijo primogénito.
Queremos decir que la maternal intercesión de la Virgen, su
ejemplar santidad y la gracia de Dios que hay en ella, se
convierten para el género humano en motivo de esperanza
sobrenatural.
La misión maternal encomendada a María invita constantemente
al Pueblo de Dios a dirigirse con filial confianza a Aquella
que está siempre dispuesta a acoger sus oraciones con amor
de Madre y con eficaz ayuda de Auxiliadora. Por eso el
Pueblo de Dios la invoca como «consoladora de los
afligidos», «salud de los enfermos» y «refugio de los
pecadores», para obtener consuelo en la tribulación, alivio
en la enfermedad y fuerza liberadora en el pecado. Y en
verdad Ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a
vencer con enérgica determinación el pecado. Y, hay que
afirmarlo nuevamente, esta liberación del pecado es la
condición necesaria para toda renovación de las costumbres
cristianas.
La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a
levantar sus ojos hacia María, la cual brilla como modelo de
virtud ante toda la comunidad de los elegidos. Y se trata de
virtudes sólidas, evangélicas: la fe y la dócil aceptación
de la Palabra de Dios; la obediencia generosa; la humildad
sincera; la solícita caridad; la sabiduría reflexiva; la
verdadera piedad, que la mueve a cumplir sus deberes
religiosos, a expresar su acción de gracias por los bienes
recibidos, a ofrecer en el Templo y a tomar parte en la
oración de la comunidad apostólica; la fortaleza en el
destierro y en el dolor; la pobreza llevada con dignidad y
confianza en el Señor; el vigilante cuidado hacia el Hijo
desde la humildad de la cuna hasta la ignominia de la Cruz;
la delicadeza en el servicio; la pureza virginal y el fuerte
y casto amor esponsal.
De estas virtudes de la Madre se adornarán los hijos, que
con tenaz propósito contemplan sus ejemplos para imitarlos
en la propia vida. Y tal progreso en la virtud aparecerá
como consecuencia y fruto maduro de aquella fuerza pastoral
que brota del culto tributado a la Virgen María.
La devoción hacia la Madre del Señor ofrece a los fieles
ocasión de crecer en la gracia divina: finalidad última de
toda acción pastoral. Porque es imposible honrar a la llena
de gracia sin valorar en sí mismo el don de la gracia, es
decir, la amistad con Dios, la comunión de vida con El, la
inhabitación del Espíritu. Esta gracia divina afecta a todo
el hombre y lo hace conforme a la imagen del Hijo.
La Iglesia católica, apoyada en su experiencia secular,
reconoce en la devoción a la Virgen una poderosa ayuda para
que el hombre llegue a conseguir la plenitud de su vida.
María, la «mujer nueva», está junto a Cristo, «el hombre
nuevo», a la luz de cuyo misterio encuentra sentido el
misterio del hombre. Y es así como prenda y garantía de que
en una persona de nuestra raza humana, en María, se ha
realizado ya el proyecto de Dios para salvar a todo el
hombre.
Al hombre contemporáneo, frecuentemente zarandeado entre la
angustia y la esperanza, postrado por la sensación de sus
límites, asaltado por aspiraciones sin fin, turbado en el
ánimo y dividido en el corazón, la mente suspendida por el
enigma de la muerte, oprimido por la soledad mientras tiende
fuertemente a la comunicación con los demás, presa de
sentimientos de náusea y hastío; a este hombre
contemporáneo, la Virgen, contemplada en las circunstancias
de su vida terrena o en la felicidad de que goza ya en la
Ciudad de Dios, ofrece una visión serena y una palabra
tranquilizadora: es una garantía de que la esperanza
triunfará sobre la angustia, la comunión sobre la soledad,
la paz sobre la turbación, la alegría y la belleza sobre el
tedio y la náusea, las perspectivas eternas sobre los deseos
terrenos, la vida sobre la muerte.
Sean como el sello de nuestra exhortación y una nueva prueba
del valor pastoral de la devoción a la Virgen para conducir
los hombres a Cristo, las mismas palabras que Ella dirigió a
los criados en las bodas de Caná: «haced lo que El os diga».
Palabras que en apariencia se limitan al deseo de poner
remedio a la incómoda situación de un banquete, pero que en
verdad, si consideramos las perspectivas del cuarto
evangelio, son una frase en la que parece resonar la fórmula
usada por el Pueblo de Israel para ratificar la Alianza del
Sinaí o para renovar los compromisos allí adquiridos, y son
también totalmente conformes con la palabra del Padre en la
aparición del monte Tabor: «escuchadle».
Nos ha parecido bien, venerables Hermanos, tratar
extensamente de este culto a la Madre del Señor, por ser
parte integrante del culto cristiano. Lo pedía la
importancia de la materia, objeto de estudio, de revisión y
también de controversias en estos últimos años.
Nos conforta pensar que el trabajo realizado para poner en
práctica las normas del Concilio, por parte de la Sede
Apostólica y por vosotros mismos, sobre todo en la reforma
de la liturgia, está siendo una gran ayuda para que se
tribute a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo un culto cada
vez más vivo y consciente y para que vaya creciendo la vida
cristiana de los fieles. Es también un motivo de confianza
el constatar que la renovada liturgia romana constituye un
claro testimonio de la devoción de la Iglesia hacia la
Virgen María. Nos sostiene además la esperanza de que serán
sinceramente aceptadas y puestas en práctica las directrices
para hacer dicha devoción cada vez más vigorosa. Y
finalmente nos alegra la oportunidad que el Señor nos ha
concedido de ofrecer estas consideraciones sobre algunos
puntos doctrinales, con los que esperamos crezca la estima y
se renueve y confirme la práctica del Rosario.
Consuelo, confianza, esperanza y alegría que, uniendo
nuestra voz a la de la Virgen en su Magnificat, deseamos
traducir en ferviente alabanza y acción de gracias al Señor.
Mientras deseamos, pues Hermanos queridos, que gracias a
vuestro empeño diligente, se produzca en el clero y en el
pueblo confiado a vuestros cuidados, un saludable incremento
de la devoción mariana, con indudable provecho para la
Iglesia y la sociedad humana, impartimos de corazón a
vosotros y a todos los fieles encomendados a vuestra
solicitud pastoral, una especial Bendición Apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 2 de febrero, fiesta
de la Presentación del Señor, del año 1974, undécimo de
nuestro Pontificado.
-Pablo VI
12.- REDEMPTORIS MATER
-ENCICLICA . (Madre del Redentor). Año 1987. De Juan Pablo
II. Una preciosa presentación de la mariología.
CARTA ENCÍCLICA REDEMPTORIS
MATER DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II
SOBRE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA EN LA VIDA DE LA
IGLESIA PEREGRINA
Venerables Hermanos amadísimos hijos e hijas:
¡Salud y Bendición Apostólica!
INTRODUCCIÓN
1. La Madre del Redentor tiene un lugar preciso en el plan
de la salvación, porque «al llegar la plenitud de los
tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo
la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley,
para que recibieran la filiación adoptiva. La prueba de que
sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el
Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!» (Gál 4, 4-6).
...
2. La Iglesia, confortada por la presencia de Cristo (cf. Mt
28, 20), camina en el tiempo hacia la consumación de los
siglos y va al encuentro del Señor que llega. Pero en este
camino —deseo destacarlo enseguida— procede recorriendo de
nuevo el itinerario realizado por la Virgen María, que
«avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la
unión con su Hijo hasta la Cruz».(4) Tomo estas palabras tan
densas y evocadoras de la Constitución Lumen gentium, que en
su parte final traza una síntesis eficaz de la doctrina de
la Iglesia sobre el tema de la Madre de Cristo, venerada por
ella como madre suya amantísima y como su figura en la fe,
en la esperanza y en la caridad. ...
...
I. PARTE : MARÍA EN EL MISTERIO DE CRISTO
1. Llena de gracia
7. «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones
espirituales, en los cielos, en Cristo» (Ef 1, 3). Estas
palabras de la Carta a los Efesios revelan el eterno
designio de Dios Padre, su plan de salvación del hombre en
Cristo. Es un plan universal, que comprende a todos los
hombres creados a imagen y semejanza de Dios (cf. Gén 1,
26). Todos, así como están incluidos «al comienzo» en la
obra creadora de Dios, también están incluidos eternamente
en el plan divino de la salvación, que se debe revelar
completamente, en la «plenitud de los tiempos», con la
venida de Cristo. En efecto, Dios, que es «Padre de nuestro
Señor Jesucristo, —son las palabras sucesivas de la misma
Carta— «nos ha elegido en él antes de la fundación del
mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el
amor; eligiéndonos de antemano para ser sus «hijos adoptivos
por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su
voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la
que nos agració en el Amado. En él tenemos por medio de su
sangre la redención, el perdón de los delitos, según la
riqueza de su gracia» (Ef 1, 4-7).
El plan divino de la salvación, que nos ha sido revelado
plenamente con la venida de Cristo, es eterno. Está también
—según la enseñanza contenida en aquella Carta y en otras
Cartas paulinas— eternamente unido a Cristo. Abarca a todos
los hombres, pero reserva un lugar particular a la «mujer»
que es la Madre de aquel, al cual el Padre ha confiado la
obra de la salvación.(19) Como escribe el Concilio Vaticano
II, «ella misma es insinuada proféticamente en la promesa
dada a nuestros primeros padres caídos en pecado», según el
libro del Génesis (cf. 3, 15). «Así también, ella es la
Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo cuyo nombre será
Emmanuel», según las palabras de Isaías (cf. 7, 14).(20) De
este modo el Antiguo Testamento prepara aquella «plenitud de
los tiempos», en que Dios «envió a su Hijo, nacido de mujer,
... para que recibiéramos la filiación adoptiva». La venida
del Hijo de Dios al mundo es el acontecimiento narrado en
los primeros capítulos de los Evangelios según Lucas y
Mateo.
8. María es introducida definitivamente en el misterio de
Cristo a través de este acontecimiento: la anunciación del
ángel. Acontece en Nazaret, en circunstancias concretas de
la historia de Israel, el primer pueblo destinatario de las
promesas de Dios. El mensajero divino dice a la Virgen:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,
28). María «se conturbó por estas palabras, y discurría qué
significaría aquel saludo» (Lc 1, 29). Qué significarían
aquellas extraordinarias palabras y, en concreto, la
expresión «llena de gracia» (Kejaritoméne).(21)
Si queremos meditar junto a María sobre estas palabras y,
especialmente sobre la expresión «llena de gracia», podemos
encontrar una verificación significativa precisamente en el
pasaje anteriormente citado de la Carta a los Efesios. Si,
después del anuncio del mensajero celestial, la Virgen de
Nazaret es llamada también «bendita entre las mujeres» (cf.
Lc 1, 42), esto se explica por aquella bendición de la que
«Dios Padre» nos ha colmado «en los cielos, en Cristo». Es
una bendición espiritual, que se refiere a todos los
hombres, y lleva consigo la plenitud y la universalidad
(«toda bendición»), que brota del amor que, en el Espíritu
Santo, une al Padre el Hijo consubstancial. Al mismo tiempo,
es una bendición derramada por obra de Jesucristo en la
historia del hombre desde el comienzo hasta el final: a
todos los hombres. Sin embargo, esta bendición se refiere a
María de modo especial y excepcional; en efecto, fue
saludada por Isabel como «bendita entre las mujeres».
La razón de este doble saludo es, pues, que en el alma de
esta «hija de Sión» se ha manifestado, en cierto sentido,
toda la «gloria de su gracia», aquella con la que el Padre
«nos agració en el Amado». El mensajero saluda, en efecto, a
María como «llena de gracia»; la llama así, como si éste
fuera su verdadero nombre. No llama a su interlocutora con
el nombre que le es propio en el registro civil: «Miryam»
(María), sino con este nombre nuevo: «llena de gracia». ¿Qué
significa este nombre? ¿Porqué el arcángel llama así a la
Virgen de Nazaret?
En el lenguaje de la Biblia «gracia» significa un don
especial que, según el Nuevo Testamento, tiene la propia
fuente en la vida trinitaria de Dios mismo, de Dios que es
amor (cf. 1 Jn 4, 8). Fruto de este amor es la elección, de
la que habla la Carta a los Efesios. Por parte de Dios esta
elección es la eterna voluntad de salvar al hombre a través
de la participación de su misma vida en Cristo (cf. 2 P 1,
4): es la salvación en la participación de la vida
sobrenatural. El efecto de este don eterno, de esta gracia
de la elección del hombre, es como un germen de santidad, o
como una fuente que brota en el alma como don de Dios mismo,
que mediante la gracia vivifica y santifica a los elegidos.
De este modo tiene lugar, es decir, se hace realidad aquella
bendición del hombre «con toda clase de bendiciones
espirituales», aquel «ser sus hijos adoptivos ... en Cristo»
o sea en aquel que es eternamente el «Amado» del Padre.
Cuando leemos que el mensajero dice a María «llena de
gracia», el contexto evangélico, en el que confluyen
revelaciones y promesas antiguas, nos da a entender que se
trata de una bendición singular entre todas las «bendiciones
espirituales en Cristo». En el misterio de Cristo María está
presente ya «antes de la creación del mundo» como aquella
que el Padre «ha elegido» como Madre de su Hijo en la
Encarnación, y junto con el Padre la ha elegido el Hijo,
confiándola eternamente al Espíritu de santidad. María está
unida a Cristo de un modo totalmente especial y excepcional,
e igualmente es amada en este «Amado»eternamente, en este
Hijo consubstancial al Padre, en el que se concentra toda
«la gloria de la gracia». A la vez, ella está y sigue
abierta perfectamente a este «don de lo alto» (cf. St 1,
17). Como enseña el Concilio, María «sobresale entre los
humildes y pobres del Señor, que de El esperan con confianza
la salvación».(22)
9. Si el saludo y el nombre «llena de gracia» significan
todo esto, en el contexto del anuncio del ángel se refieren
ante todo a la elección de María como Madre del Hijo de
Dios. Pero, al mismo tiempo, la plenitud de gracia indica la
dádiva sobrenatural, de la que se beneficia María porque ha
sido elegida y destinada a ser Madre de Cristo. Si esta
elección es fundamental para el cumplimiento de los
designios salvíficos de Dios respecto a la humanidad, si la
elección eterna en Cristo y la destinación a la dignidad de
hijos adoptivos se refieren a todos los hombres, la elección
de María es del todo excepcional y única. De aquí, la
singularidad y unicidad de su lugar en el misterio de
Cristo.
El mensajero divino le dice: «No temas, María, porque has
hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y
vas a dar a luz un Hijo, a quien pondrás por nombre Jesús.
El será grande y será llamado Hijo del Altísimo» (Lc 1,
30-32). Y cuando la Virgen, turbada por aquel saludo
extraordinario, pregunta: «¿Cómo será esto, puesto que no
conozco varón?», recibe del ángel la confirmación y la
explicación de las palabras precedentes. Gabriel le dice:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo
te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será
santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35).
Por consiguiente, la Anunciación es la revelación del
misterio de la Encarnación al comienzo mismo de su
cumplimiento en la tierra. El donarse salvífico que Dios
hace de sí mismo y de su vida en cierto modo a toda la
creación, y directamente al hombre, alcanza en el misterio
de la Encarnación uno de sus vértices. En efecto, este es un
vértice entre todas las donaciones de gracia en la historia
del hombre y del cosmos. María es «llena de gracia», porque
la Encarnación del Verbo, la unión hipostática del Hijo de
Dios con la naturaleza humana, se realiza y cumple
precisamente en ella. Como afirma el Concilio, María es
«Madre de Dios Hijo y, por tanto, la hija predilecta del
Padre y el sagrario del Espíritu Santo; con un don de gracia
tan eximia, antecede con mucho a todas las criaturas
celestiales y terrenas».(23)
10. La Carta a los Efesios, al hablar de la «historia de la
gracia» que «Dios Padre ... nos agració en el Amado», añade:
«En él tenemos por medio de su sangre la redención» (Ef 1,
7). Según la doctrina, formulada en documentos solemnes de
la Iglesia, esta «gloria de la gracia» se ha manifestado en
la Madre de Dios por el hecho de que ha sido redimida «de un
modo eminente».(24) En virtud de la riqueza de la gracia del
Amado, en razón de los méritos redentores del que sería su
Hijo, María ha sido preservada de la herencia del pecado
original.(25) De esta manera, desde el primer instante de su
concepción, es decir de su existencia, es de Cristo,
participa de la gracia salvífica y santificante y de aquel
amor que tiene su inicio en el «Amado», el Hijo del eterno
Padre, que mediante la Encarnación se ha convertido en su
propio Hijo. Por eso, por obra del Espíritu Santo, en el
orden de la gracia, o sea de la participación en la
naturaleza divina, María recibe la vida de aquel al que ella
misma dio la vida como madre, en el orden de la generación
terrena. La liturgia no duda en llamarla «madre de su
Progenitor» (26) y en saludarla con las palabras que Dante
Alighieri pone en boca de San Bernardo: «hija de tu
Hijo».(27) Y dado que esta «nueva vida» María la recibe con
una plenitud que corresponde al amor del Hijo a la Madre y,
por consiguiente, a la dignidad de la maternidad divina, en
la anunciación el ángel la llama «llena de gracia».
11. En el designio salvífico de la Santísima Trinidad el
misterio de la Encarnación constituye el cumplimiento
sobreabundante de la promesa hecha por Dios a los hombres,
después del pecado original, después de aquel primer pecado
cuyos efectos pesan sobre toda la historia del hombre en la
tierra (cf. Gén 3, 15). Viene al mundo un Hijo, el «linaje
de la mujer» que derrotará el mal del pecado en su misma
raíz: «aplastará la cabeza de la serpiente». Como resulta de
las palabras del protoevangelio, la victoria del Hijo de la
mujer no sucederá sin una dura lucha, que penetrará toda la
historia humana. «La enemistad», anunciada al comienzo, es
confirmada en el Apocalipsis, libro de las realidades
últimas de la Iglesia y del mundo, donde vuelve de nuevo la
señal de la «mujer», esta vez «vestida del sol» (Ap 12, 1).
María, Madre del Verbo encarnado, está situada en el centro
mismo de aquella «enemistad», de aquella lucha que acompaña
la historia de la humanidad en la tierra y la historia misma
de la salvación. En este lugar ella, que pertenece a los
«humildes y pobres del Señor», lleva en sí, como ningún otro
entre los seres humanos, aquella «gloria de la gracia» que
el Padre «nos agració en el Amado», y esta gracia determina
la extraordinaria grandeza y belleza de todo su ser. María
permanece así ante Dios, y también ante la humanidad entera,
como el signo inmutable e inviolable de la elección por
parte de Dios, de la que habla la Carta paulina: «Nos ha
elegido en él (Cristo) antes de la fundación del mundo, ...
eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos» (Ef
1, 4.5). Esta elección es más fuerte que toda experiencia
del mal y del pecado, de toda aquella «enemistad» con la que
ha sido marcada la historia del hombre. En esta historia
María sigue siendo una señal de esperanza segura.
2. Feliz la que ha creído
12. Poco después de la narración de la anunciación, el
evangelista Lucas nos guía tras los pasos de la Virgen de
Nazaret hacia «una ciudad de Judá» (Lc 1, 39). Según los
estudiosos esta ciudad debería ser la actual Ain-Karim,
situada entre las montañas, no distante de Jerusalén. María
llegó allí «con prontitud» para visitar a Isabel su
pariente. El motivo de la visita se halla también en el
hecho de que, durante la anunciación, Gabriel había nombrado
de modo significativo a Isabel, que en edad avanzada había
concebido de su marido Zacarías un hijo, por el poder de
Dios: «Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un
hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que
llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible a Dios»(Lc
1, 36-37). El mensajero divino se había referido a cuanto
había acontecido en Isabel, para responder a la pregunta de
María: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc
1, 34). Esto sucederá precisamente por el «poder del
Altísimo», como y más aún que en el caso de Isabel.
Así pues María, movida por la caridad, se dirige a la casa
de su pariente. Cuando entra, Isabel, al responder a su
saludo y sintiendo saltar de gozo al niño en su seno, «llena
de Espíritu Santo», a su vez saluda a María en alta voz:
«Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno»
(cf. Lc 1, 40-42). Esta exclamación o aclamación de Isabel
entraría posteriormente en el Ave María, como una
continuación del saludo del ángel, convirtiéndose así en una
de las plegarias más frecuentes de la Iglesia. Pero más
significativas son todavía las palabras de Isabel en la
pregunta que sigue: «¿de donde a mí que la madre de mi Señor
venga a mí?»(Lc 1, 43). Isabel da testimonio de María:
reconoce y proclama que ante ella está la Madre del Señor,
la Madre del Mesías. De este testimonio participa también el
hijo que Isabel lleva en su seno: «saltó de gozo el niño en
su seno» (Lc 1, 44). EL niño es el futuro Juan el Bautista,
que en el Jordán señalará en Jesús al Mesías.
En el saludo de Isabel cada palabra está llena de sentido y,
sin embargo, parece ser de importancia fundamental lo que
dice al final: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían
las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1,
45).(28) Estas palabras se pueden poner junto al apelativo
«llena de gracia» del saludo del ángel. En ambos textos se
revela un contenido mariológico esencial, o sea, la verdad
sobre María, que ha llegado a estar realmente presente en el
misterio de Cristo precisamente porque «ha creído». La
plenitud de gracia, anunciada por el ángel, significa el don
de Dios mismo; la fe de María, proclamada por Isabel en la
visitación, indica como la Virgen de Nazaret ha respondido a
este don. ...
15. María, cuando en la anunciación siente hablar del Hijo
del que será madre y al que «pondrá por nombre Jesús»
(Salvador), llega a conocer también que a el mismo «el Señor
Dios le dará el trono de David, su padre» y que «reinará
sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá
fin» (Lc 1, 32-33) En esta dirección se encaminaba la
esperanza de todo el pueblo de Israel. EL Mesías prometido
debe ser «grande», e incluso el mensajero celestial anuncia
que «será grande», grande tanto por el nombre de Hijo del
Altísimo como por asumir la herencia de David. Por lo tanto,
debe ser rey, debe reinar «en la casa de Jacob». María ha
crecido en medio de esta expectativa de su pueblo, podía
intuir, en el momento de la anunciación ¿qué significado
preciso tenían las palabras del ángel? ¿Cómo conviene
entender aquel «reino» que no «tendrá fin»?
Aunque por medio de la fe se haya sentido en aquel instante
Madre del «Mesías-rey», sin embargo responde: «He aquí la
esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38
). Desde el primer momento, María profesa sobre todo «la
obediencia de la fe», abandonándose al significado que, a
las palabras de la anunciación, daba aquel del cual
provenían: Dios mismo.
16. Siempre a través de este camino de la «obediencia de la
fe» María oye algo más tarde otras palabras; las
pronunciadas por Simeón en el templo de Jerusalén. Cuarenta
días después del nacimiento de Jesús, según lo prescrito por
la Ley de Moisés, María y José «llevaron al niño a Jerusalén
para presentarle al Señor» (Lc 2, 22) El nacimiento se había
dado en una situación de extrema pobreza. Sabemos, pues, por
Lucas que, con ocasión del censo de la población ordenado
por las autoridades romanas, María se dirigió con José a
Belén; no habiendo encontrado «sitio en el alojamiento», dio
a luz a su hijo en un establo y «le acostó en un pesebre»
(cf. Lc 2, 7).
Un hombre justo y piadoso, llamado Simeón, aparece al
comienzo del «itinerario» de la fe de María. Sus palabras,
sugeridas por el Espíritu Santo (cf. Lc 2, 25-27), confirman
la verdad de la anunciación. Leemos, en efecto, que «tomó en
brazos» al niño, al que —según la orden del ángel— «se le
dio el nombre de Jesús» (cf. Lc 2, 21). El discurso de
Simeón es conforme al significado de este nombre, que quiere
decir Salvador: «Dios es la salvación». Vuelto al Señor,
dice lo siguiente: «Porque han visto mis ojos tu salvación,
la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz
para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel» (Lc
2, 30-32). Al mismo tiempo, sin embargo, Simeón se dirige a
María con estas palabras: «Este está puesto para caída y
elevación de muchos en Israel, y para ser señal de
contradicción ... a fin de que queden al descubierto las
intenciones de muchos corazones»; y añade con referencia
directa a María: «y a ti misma una espada te atravesará el
alma (Lc 2, 34-35). Las palabras de Simeón dan nueva luz al
anuncio que María ha oído del ángel: Jesús es el Salvador,
es «luz para iluminar» a los hombres. ¿No es aquel que se
manifestó, en cierto modo, en la Nochebuena, cuando los
pastores fueron al establo? ¿No es aquel que debía
manifestarse todavía más con la llegada de los Magos del
Oriente? (cf. Mt 2, 1-12). Al mismo tiempo, sin embargo, ya
al comienzo de su vida, el Hijo de María —y con él su Madre—
experimentarán en sí mismos la verdad de las restantes
palabras de Simeón: «Señal de contradicción» (Lc 2, 34). El
anuncio de Simeón parece como un segundo anuncio a María,
dado que le indica la concreta dimensión histórica en la
cual el Hijo cumplirá su misión, es decir en la
incomprensión y en el dolor. Si por un lado, este anuncio
confirma su fe en el cumplimiento de las promesas divinas de
la salvación, por otro, le revela también que deberá vivir
en el sufrimiento su obediencia de fe al lado del Salvador
que sufre, y que su maternidad será oscura y dolorosa. En
efecto, después de la visita de los Magos, después de su
homenaje («postrándose le adoraron»), después de ofrecer
unos dones (cf. Mt 2, 11), María con el niño debe huir a
Egipto bajo la protección diligente de José, porque «Herodes
buscaba al niño para matarlo» (cf. Mt 2, 13). Y hasta la
muerte de Herodes tendrán que permanecer en Egipto (cf. Mt
2, 15) ...
CARTA ENCICLICA MENSE
MAIO
S.S. PABLO VI
Papa por la Divina Providencia, a los Venerables Hermanos,
Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos, y demás
Ordinarios de lugar en paz y comunión con la Sede Apostólica
POR LA QUE SE INVITA A REZAR A LA VIRGEN MARIA EN EL PROXIMO
MES DE MAYO.
Venerables Hermanos:
Al acercarse el mes de mayo, consagrado por la piedad de los
fieles a María Santísima, se llena de gozo Nuestro ánimo con
el pensamiento del conmovedor espectáculo de fe y de amor
que dentro de poco se ofrecerá en todas partes de la tierra
en honor de la Reina del Cielo. En efecto, el mes de mayo es
el mes en el que los templos y en las casas particulares
sube a María desde el corazón de los cristianos el más
ferviente y afectuoso homenaje de su oración y de su
veneración. Y es también el mes en el que desde su trono
descienden hasta nosotros los dones más generosos y
abundantes de la divina misericordia.
Nos es por tanto muy grata y consoladora esta práctica tan
honrosa para la Virgen y tan rica de frutos espirituales
para el pueblo cristiano. Porque María es siempre camino que
conduce a Cristo. Todo encuentro con Ella no puede menos de
terminar en un encuentro con Cristo mismo. ¿Y qué otra cosa
significa el continuo recurso a María sino un buscar entre
sus brazos, en Ella, por Ella y con Ella, a Cristo nuestro
Salvador, a quien los hombres en los desalientos y peligros
de aquí abajo tienen el deber y experimentan sin cesar la
necesidad de dirigirse como a puerto de salvación y fuente
trascendente de vida?
Precisamente porque el mes de mayo nos trae esta poderosa
llamada a una oración más intensa y confiada, y porque en él
nuestras súplicas encuentran más fácil acceso al corazón
misericordioso de la Virgen, fue tan querida a Nuestros
Predecesores la costumbre de escoger este mes consagrado a
María para invitar al pueblo cristiano a oraciones públicas
siempre que lo requiriesen las necesidades de la Iglesia o
que algún peligro inminente amenazase al mundo. Y Nos
también, Venerables Hermanos, sentimos este año la necesidad
de dirigir una invitación semejante al mundo católico. Si
consideramos, en efecto, las necesidades presentes de la
Iglesia y las condiciones en las que se encuentra la paz del
mundo, tenemos serios motivos para creer que esta hora es
particularmente grave y que urge más que nunca hacer una
llamada a un coro de oraciones de todo el pueblo cristiano.
El primer motivo de este llamada Nos lo sugiere el momento
histórico que atraviesa la Iglesia en este período del
Concilio Ecuménico. Acontecimiento grande éste, que plantea
a la Iglesia el enorme problema de su conveniente "aggiornamento"
y de cuyo feliz resultado dependerá durante largo tiempo el
porvenir de la Esposa de Cristo y la suerte de tantas almas.
Aunque es verdad que gran parte del trabajo se ha realizado
ya felizmente, os aguardan todavía en la próxima Sesión, que
será la última, graves tareas. Seguirá después la fase no
menos importante de la actuación práctica de las decisiones
conciliares que requerirá además el esfuerzo conjunto del
Clero y de los fieles para que las semillas sembradas
durante el Concilio pueden alcanzar su efectivo y benéfico
desarrollo. Para obtener las luces y las bendiciones divinas
sobre este cúmulo de trabajo que nos aguarda, Nos colocamos
nuestra esperanza en Aquella a quien hemos tenido la alegría
de proclamar en la pasada Sesión Madre de la Iglesia. Ella.
que nos ha prodigado su amorosa asistencia desde el
principio del Concilio, no dejará ciertamente de continuarla
hasta la fase final de los trabajos.
...
Desgraciadamente, en esta dolorosa situación debeos
constatar con grande amargura que con mucha frecuencia se
olvida el respeto debido al carácter sagrado e inviolable de
la vida humana y se recurre a sistemas y actitudes que están
en abierta oposición con el sentido moral y con las
costumbres de un pueblo civilizado. A este respecto, no
podemos menos de elevar nuestra voz en defensa de la
dignidad humana y la civilización cristiana, para deplorar
los actos de guerrilla, de terrorismo, la captura de
rehenes, las represalias contra las poblaciones inermes.
Delitos estos que, mientras hacen retroceder el progreso del
sentido de lo justo y de lo humano, irritan cada vez más los
ánimos de los contendientes y pueden obstruir los caminos
todavía accesibles a la buena voluntad, o hacer al menos
cada vez más difíciles las negociaciones que, si son francas
y leales, deberían conducir a un razonable acuerdo.
Esta nuestra preocupación, como vosotros bien sabéis,
Venerables Hermanos, está dictada no por intereses
particulares, sino únicamente por el deseo de la defensa de
cuantos sufren y del verdadero bien de todos los pueblos. Y
nos abrigamos la esperanza de que la conciencia de la propia
responsabilidad delante de Dios y delante de la historia,
tenga fuerza suficiente para inducir a los Gobiernos a
proseguir en su generoso esfuerzo para salvaguardar la paz y
remover cuanto es posible los obstáculos reales y
psicológicos que se interponen a un seguro y sincero
entendimiento.
Pero la paz, Venerables Hermanos, no es solamente un
producto nuestro humano, sino que es también, y sobre todo,
un don de Dios. La paz desciende del Cielo; y reinará
realmente entre los hombres, cuando finalmente hayamos
merecido que nos la conceda el Señor Omnipotente, el cual,
juntamente con la felicidad y la suerte de los pueblos,
tiene también en sus manos los corazones de los hombres. Por
esta razón, Nos procuraremos alcanzar este insuperable bien
orando; orando con constancia y diligencia, como ha hecho
siempre la Iglesia desde los primeros tiempos; orando de
modo particular con el recurso a la intercesión y a la
protección de la Virgen María que es la Reina de la paz.
A María, pues, Venerables Hermanos, se eleven en este mes
mariano nuestras súplicas para implorar con crecido fervor y
confianza sus gracias y favores. Y si las grandes culpas de
los hombres pesan sobre la balanza de la justicia de Dios, y
provocan su justo castigo, sabemos también que el Señor es
el "Padre de las misericordias y el Dios de toda
consolación" <2 Cor.1,3> y que María Santísima ha sido
constituida por El administradora y dispensadora generosa de
los tesoros de su misericordia. Que Ella, que ha conocido
las penas y las tribulaciones de aquí abajo, la fatiga del
trabajo cotidiano, las incomodidades y las estrecheces de la
pobreza, los dolores del calvario, socorra, pues, las
necesidades de la Iglesia y del mundo, escuche benignamente
las invocaciones de paz que a Ella se elevan desde todas
partes de la tierra, ilumine a los que rigen los destinos de
los pueblos y obtenga de Dios, que domina los vientos y las
tempestades, la calma también en las tormentas de los
corazones que luchan entre sí, y "det nobis pacem in diebus
nostris", la paz verdadera, la que se funda sobre las bases
sólidas y duraderas de la justicia y del amor; justicia al
más débil no menos que al más fuerte, amor que mantenga
lejos los extravíos del egoísmo, de modo que la salvaguardia
de los derechos de cada uno no degenere en olvido o negación
del derecho de los otros.
Vosotros, pues, Venerables Hermanos, de la manera que creáis
más conveniente, dad a conocer a vuestros fieles estos
Nuestros deseos y exhortaciones y procurad que durante el
próximo mes de mayo se promuevan en cada una de las Diócesis
y cada una de las parroquias especiales oraciones y que
particularmente se dedique la fiesta consagrada a María
Reina, el 31 de mayo, a una solemne y pública súplica por
los fines indicados. Sabed que Nos contamos de un modo
especial con las oraciones de los inocentes y de los que
sufren, puesto que son estas voces las que más que otras
cualesquiera, penetran los cielos y desarman la justicia
divina. Y ya que se ofrece esta oportuna ocasión no dejéis
de inculcar con todo cuidado la práctica del Rosario, la
oración tan querida a la Virgen y tan recomendada por los
Sumos Pontífices, por medio de la cual los fieles pueden
cumplir de la manera más suave y eficaz el mandato del
Divino Maestro: Petite et dabitur vobis, quaerite et
invenietis, pulsate et aperietur vobis" <Pedid y recibiréis,
buscad y hallaréis, llamad y os abrirán - Mat.7,7>.
Con estos sentimientos y con la esperanza de que nuestra
exhortación encuentre prontos y dóciles los ánimos de todos,
a vosotros, Venerables Hermanos, y a todos vuestros fieles,
impartimos de corazón la Bendición Apostólica.
Roma, 30 de abril de 1965.
PAULO VI
«INGRUENTIUM MALORUM»
SOBRE EL ROSARIO
EN LA FAMILIA
Carta Encíclica del Papa Pío XII
Promulgada el 15 de septiembre, de 1951.
1. Ante los males inminentes, ya desde que por designio de
la Divina Providencia fuimos elevados a la suprema Cátedra
de Pedro, nunca dejamos de confiar al valiosísimo patrocinio
de la Madre de Dios los destinos de la familia humana, dando
a menudo para tal fin, como bien sabéis, Cartas de
exhortación. Bien conocéis, Venerables Hermanos, el gran
celo y la gran espontaneidad y concordia con que el pueblo
cristiano ha respondido doquier a Nuestras exhortaciones:
repetidas veces lo han atestiguado grandiosos espectáculos
de fe y de amor hacia la augusta Reina del Cielo y, sobre
todo, aquella universal manifestación de alegría que
Nuestros propios ojos pudieron en cierto modo contemplar
cuando, en el año pasado, rodeados por corona inmensa de la
multitud de fieles, en la plaza de San Pedro proclamamos
solemnemente la Asunción de la Virgen María, en cuerpo y
alma, al Cielo.
Mas, si el recuerdo de estas cosas Nos es tan grato y Nos
consuela con la firme esperanza de la divina misericordia,
al presente no faltan, sin embargo, motivos de profunda
tristeza, que solicitan a la par que angustian Nuestro ánimo
paternal.
2. Bien conocéis, Venerables Hermanos, la triste condición
de estos tiempos: la unión fraternal de las Naciones, rota
ya hace tanto tiempo, no la vemos aún restablecida doquier,
antes vemos que por todas partes los espíritus se hallan
trastornados por odios y rivalidades, y que sobre los
pueblos se ciernen amenazadores nuevos y sangrientos
conflictos; y a ello se ha de añadir aquella violentísima
tempestad de persecuciones que ya desde hace largo tiempo y
con tanta crueldad azota a la Iglesia, privada de su
libertad en no pocas partes del mundo, afligida con
calumnias y angustias de toda clase, y a veces hasta con la
sangre derramada de los mártires. Innumerables y muy grandes
son las asechanzas a que contemplamos sometidos, en aquellas
regiones, los ánimos de muchos de Nuestros hijos, ¡para que
rechacen la fe de sus mayores y se aparten miserablemente de
la unidad con esta Sede Apostólica! Finalmente, tampoco
podemos pasar en silencio un nuevo crimen llevado a cabo, y
contra el cual vivamente deseamos reclamar, no sólo vuestra
atención, sino también la de todo el clero, la de cada uno
de los padres y la de los mismos gobernantes: Nos referimos
a determinados designios perversos de la impiedad contra la
cándida inocencia de los niños. Ni siquiera se ha perdonado
a los niños inocentes, pues, por desgracia, no faltan
quienes, temerario, osan hasta arrancar aun las mismas
flores que crecían como la más bella esperanza de la
religión y de la sociedad en el místico jardín de la
Iglesia. Quien meditare sobre esto no se extrañará de que
por todas partes los pueblos giman bajo el peso del divino
castigo y vivan temiendo desgracias todavía mayores.
3. Ante peligros tan graves, sin embargo, no debe abatirse
vuestro ánimo, Venerables Hermanos, sino que, acordándoos de
aquella divina enseñanza: Pedid, y se os dará; buscad, y
hallaréis; llamad, y se os abrirá[#1], con mayor confianza
acudid gozosos a la Madre de Dios, junto a la cual el pueblo
cristiano siempre ha buscado el refugio en las horas de
peligro, pues Ella ha sido constituida causa de salvación
para todo el género humano[#2].
Por ello, con alegre expectación y reanimada esperanza vemos
acercarse ya el próximo mes de octubre, durante el cual los
fieles acostumbran acudir con mayor frecuencia a las
iglesias, para en ellas elevar sus súplicas a María mediante
las oraciones del santo Rosario. Oraciones que este año,
Venerables Hermanos, deseamos se hagan con mayor fervor de
ánimo, como lo requieren las necesidades cada día más
graves; pues bien conocida Nos es la poderosa eficacia de
tal devoción para obtener la ayuda maternal de la Virgen,
porque, si bien puede conseguirse con diversas maneras de
orar, sin embargo, estimamos que el santo Rosario es el
medio más conveniente y eficaz, según lo recomienda su
origen, más celestial que humano, y su misma naturaleza.
¿Qué plegaria, en efecto, más idónea y más bella que la
oración dominical y la salutación angélica, que son como las
flores con que se compone esta mística corona? A la oración
vocal va también unida la meditación de los sagrados
misterios, y así se logra otra grandísima ventaja, a saber,
que todos, aun los más sencillos y los menos instruidos,
encuentran en ella una manera fácil y rápida para alimentar
y defender su propia fe. Y en verdad que con la frecuente
meditación de los misterios el espíritu, poco a poco y sin
dificultad, absorbe y se asimila la virtud en ellos
encerrada, se anima de modo admirable a esperar los bienes
inmortales y se siente inclinado, fuerte y suavemente, a
seguir las huellas de Cristo mismo y de su Madre. Aun la
misma oración tantas veces repetida con idénticas fórmulas,
lejos de resultar estéril y enojosa, posee (como lo
demuestra la experiencia) una admirable virtud para infundir
confianza al que reza y para hacer como una especie de dulce
violencia al maternal corazón de María.
4. Trabajad, pues, con especial solicitud, Venerables
Hermanos, para que los fieles, con ocasión del mes de
octubre, practiquen con la mayor diligencia método tan
saludable de oración y para que cada día más lo estimen y se
familiaricen con él. Gracias a vosotros, el pueblo cristiano
podrá comprender la excelencia, el valor y la saludable
eficacia del santo Rosario.
5. Y es Nuestro deseo especial que sea en el seno de las
familias donde la práctica del santo Rosario, poco a poco y
doquier, vuelva a florecer, se observe religiosamente y cada
día alcance mayor desarrollo. Pues vano será, ciertamente,
empeñarse en buscar remedios a la continua decadencia de la
vida pública, si la sociedad doméstica -principio y
fundamento de toda la humana sociedad- no se ajusta
diligentemente a la norma del Evangelio. Nos afirmamos que
el rezo del santo Rosario en familia es un medio muy apto
para conseguir un fin tan arduo. ¡Qué espectáculo tan
conmovedor y tan sumamente grato a Dios cuando, al llegar la
noche, todo el hogar cristiano resuena con las repetidas
alabanzas en honor de la augusta Reina del Cielo! Entonces
el rosario, recitado en común, ante la imagen de la Virgen,
reúne con admirable concordia de ánimos a los padres y a los
hijos que vuelven del trabajo diario; además, los une
piadosamente con los ausentes y con los difuntos;
finalmente, liga a todos más estrechamente con el suavísimo
vínculo del amor a la Virgen Santísima, la cual, como
amantísima Madre rodeada por sus hijos, escuchará benigna,
concediendo con abundancia los bienes de la unidad y de la
paz doméstica. Así es como el hogar de la familia cristiana,
ajustada al modelo de la de Nazaret, se convertirá en una
terrenal morada de santidad y casi en un templo, donde el
santo rosario no sólo será la peculiar oración que todos los
días se eleve hacia el cielo en olor de suavidad, sino que
también llegará a ser la más eficaz escuela de la vida y de
las virtudes cristianas. En efecto: la contemplación de los
divinos misterios de la Redención será causa de que los
mayores, al considerar los fúlgidos ejemplos de Jesús y de
María, se acostumbren a imitarlos cotidianamente, recibiendo
de ellos el consuelo en la adversidad y en las dificultades,
y de que, movidos por ello, se sientan atraídos a aquellos
tesoros celestiales que no roban los ladrones ni roe la
polilla[#3]; y de tal modo grabará en las mentes de los
pequeños las principales verdades de la fe que en sus almas
inocentes florecerá espontáneamente el amor hacia el
benignísimo Redentor, cuando, al reverenciar -siguiendo el
ejemplo de sus padres- a la majestad de Dios, ya desde su
más tierna edad aprendan el gran valor que junto al trono
del Señor tienen las oraciones recitadas en común.
6. De nuevo, pues, y solemnemente afirmamos cuán grande es
la esperanza que Nos ponemos en el santo Rosario para curar
los males que afligen a nuestro tiempo. No es con la fuerza,
ni con las armas, ni con la potencia humana, sino con el
auxilio divino obtenido por medio de la oración -cual David
con su honda- como la Iglesia se presenta impávida ante el
enemigo infernal, pudiendo repetirle las palabras del
adolescente pastor: Tú vienes a mí con la espada, con la
lanza y con el escudo; pero yo voy a ti en nombre del Señor
de los ejércitos..., y toda esta multitud conocerá que no es
con la espada ni con la lanza como salva el Señor[#4].
Por cuya razón, Venerables Hermanos, deseamos vivamente que
todos los fieles, siguiendo vuestro ejemplo y vuestra
exhortación, correspondan solícitos a Nuestra paternal
indicación, en unión de corazones y de voces y con el mismo
ardor de caridad. Si aumentan los males y los asaltos de los
malvados, crezca igualmente y aumente sin cesar la piedad de
todos los buenos; esfuércense éstos por obtener de nuestra
amantísima Madre, especialmente por medio del santo Rosario
a ella tan acepto, que cuanto antes brillen tiempos mejores
para la Iglesia y para la humana sociedad.
...