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La cristología es
la parte de la teología
cristiana
que dedica su estudio al papel que desempeña
Jesús de Nazaret (desde los puntos de vista
tanto humanos como divinos, bajo el título
de Cristo o Mesías). Sin embargo, los
detalles menores de su vida no son tan
importantes para la cristología, y sí lo son
más bien el quién era, la encarnación y los
eventos más importantes de su vida (su
nacimiento, su muerte y su resurrección).
Algunos puntos clave de la cristología
incluyen:
La cristología puede también abarcar
cuestiones concernientes a la naturaleza de
Dios como la Trinidad, el Unitarianismo o el
Binitarianismo, y sobre lo que Cristo habría
logrado para el resto de la humanidad. Hay
tantos puntos de vista cristológicos como
hay variantes del cristianismo.
INTRODUCCION GENERAL A LA CRISTOLOGÍA
Cristo nos comunica con Dios; nos habla de Dios por medio de
la revelación y nos da a Dios por medio de la salvación. La
revelación y la salvación de Dios tienen en Cristo su máximo
alcance, porque él es Dios hecho hombre. Gesto y palabra,
hecho y significado, conforman el dinamismo profundo de la
historia de nuestra salvación. El gesto o el hecho de la
salvación es la acción de Dios en la historia humana; el
significado o la revelación es la explicación de esta acción
divina en la historia del hombre.
Cristo, siendo Dios humanizado, con su encarnación se
convierte en punto de refe-rencia para cualquier experiencia
que el hombre pueda tener de Dios; y al ser el hombre hecho
Dios, con su resurrección se convierte en fundamento de la
esperanza para todo lo que tenga que ver con el hombre.
1.- Cristo es la plenitud de la salvación.
Cristo nos comparte la salvación de Dios Padre, porque "El
es imagen de Dios invi-sible, primogénito de toda creación,
porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y
en la tierra, las visibles y las invisibles; los tronos, las
dominaciones, los principados y las potestades; todo fue
creado por él y para él; él existe con anterioridad a todo,
y todo tiene en él su consistencia. El es también la cabeza
del cuerpo de la Iglesia. El es el principio, el primogénito
de entre los muertos, para que él sea el primero en todo,
pues Dios tuvo a bien residir en él toda su plenitud, y
reconciliar por él y para él, pacificando mediante la sangre
de su cruz lo que hay en la tierra y en los cielos" (Col
1,15-20).
En este himno de la Carta a los Colosenses, san Pablo nos
presenta a Cristo como el centro de la creación, al decir
que todo fue hecho por él (dia = por medio de). En él la
crea-ción entera tiene su consistencia —permanece en la
existencia—, y Cristo da la plenitud a todo cuanto existe (pros
= hacia, tiende a).
Por otra parte san Pablo nos hace ver que Cristo es "imagen
de Dios invisible", es decir, es la imagen visible de Dios
que de no ser por Cristo no podríamos conocer. Solamente
Cristo hace clara la imagen y semejanza de Dios que todos
llevamos desde nuestro nacimiento (Gen 1,26). Esta imagen y
semejanza de Dios que somos, impresa en nuestro ser y
envuelta en la fragilidad de nuestra condición humana, se
vuelve clara y trasparente por medio de Cristo.
Por Cristo tenemos acceso a la creación entera, pero sobre
todo tenemos acceso a Dios Padre. Sin Cristo esta creación
en la que vivimos se volvería en contra de nosotros para
perdernos en su inmensidad y en su grandeza; pero Cristo nos
da la clave de la integración dentro del cosmos, y también
la clave de integración con Dios.
La salvación es la comunión o la cercanía del hombre hacia
Dios; pues bien, en Cristo se nos da el máximo de la
salvación, porque él es la máxima cercanía que el hombre
puede tener hacia Dios ya que Cristo es Dios hecho hombre,
es Dios encarnado. No podemos entonces esperar una salvación
mejor que la que nos da Cristo, ni tampoco una revelación
divina fuera de la que él nos ha entregado.
"El es también la cabeza del cuerpo de la iglesia", y como
bautizados podemos llegar a la plenitud de la salvación
precisamente porque el bautismo nos une a Cristo, pues el
hecho de haber nacido a imagen y semejanza de Dios es
insuficiente para alcanzar la salvación, ya que esa imagen
quedó empañada por la desobediencia de Adán. Solamente el
bautismo nos da la gracia y la vida de Cristo, y por medio
de los demás sacramentos —que nos siguen alimen-tando con
esa gracia— es como podemos llegar a conocer a Dios y a su
creación entera a través de Cristo Jesús.
Podemos decir que en esta vida se dan tres grados de
acercamiento a Cristo; el primero, en el momento de nacer,
por la imagen y semejanza de Dios con las que fuimos
creados; luego con el bautismo y los demás sacramentos,
porque con ellos recibimos la gracia de Cristo. El
acercamiento final lo obtendremos al crecer en esta vida por
nuestro propio esfuerzo y dedica-ción, al cultivar esa
gracia que recibimos con los sacramentos hasta llegar a
alcanzar con ella la santidad.
El mundo nos ofrece el ser hechos a imagen y semejanza de
Dios; la Iglesia nos da la gracia de Dios que perfeccionará
y clarificará esa imagen que fue empañada por Adán, y
nuestro propio esfuerzo por conquistar el bien nos llevará a
gozar de Dios ya en esta misma vida, y de una manera
consciente y experimental.
Somos, en primer lugar y por el puro hecho de nacer, imagen
y semejanza de Dios. Esto significa que todo ser humano
lleva en sí la presencia de Dios, aunque en forma de ger-men;
pero ese germen no puede crecer sin la ayuda de Cristo. En
ese caso de imposibilidad se encuentran muchas personas que
nunca llegan a conocer a Cristo y por tanto no pueden gozar
de su salvación y de su redención; por eso su semejanza con
Dios no llega a crecer.
Al recibir el bautismo y los demás sacramentos nos unimos a
Cristo, y entonces él nos da su gracia como si fuera la
semilla de mostaza o la levadura de que habla el Evangelio.
Por medio del bautismo Cristo se hace presente en nosotros,
pero lo hace de una manera que no somos capaces de sentir.
Contar con la presencia de Cristo es como estar parado sobre
un tesoro fabuloso, pero sin saberlo por estar oculto bajo
la tierra. Será necesario dedicar todo nuestro esfuerzo para
conocer a Cristo y compartir con él su cruz, y así poder
percatarnos de su presencia. Cuando estemos conscientes de
la presencia de Cristo en nosotros será porque habremos
alcanzado un grado de la santidad, ya que la santidad no es
otra cosa que el actuar de Dios a través de nosotros,
estando nosotros concientes de ello. Cuando trabajemos la
semilla, el germen, el grado de mostaza o la pequeña porción
de lavadura que hemos recibido, comenzaremos a dar frutos en
abundancia y a la vez a darnos cuenta de que esos frutos no
son propios de nosotros, sino de Cristo que está actuando a
través de nuestra vida y de nuestra persona.
Una cosa es la santidad y otra la salvación. Una persona
puede llegar a salvarse des-pués de morir, sin haber estado
nunca consciente de que Dios actuaba a través de ella y sin
haber experimentado siquiera su presencia; este es el caso
de muchos enfermos que reciben el sacramento de la unción
hacia el final de sus vidas, y que ciertamente se salvarán
por él con la misma salvación que un santo, pero con la
diferencia de que el santo ayudó a muchos otros con su
ejemplo para que también pudieran salvarse.
Podemos decir que la santidad es la participación de la
redención de Cristo durante nuestra vida terrena. La
salvación es una misma participación de la redención de
Cristo, pero de manera inconsciente; la diferencia en cuanto
a uno mismo no la hay, pues es la misma calidad de salvación
la que recibe un santo que la que obtiene una persona que se
haya confesado o recibido la unción antes de morir; lo que
hace la diferencia es que el santo estará consciente ya en
vida de su propia salvación y por lo mismo se convertiráen
guía de muchas personas que lo ven actuar; en cambio el que
se ha salvado después de morir se salva solo, sin haber sido
luz de la tierra y sal de las gentes.
Cristo, pues, nos da la salvación de Dios Padre. Recibiendo
a Cristo recibimos a Dios mismo, a su vida misma; entrando
en comunión con Cristo lo hacemos también con el Padre y con
el Espíritu Santo.
2.- Cristo nos da a conocer a Dios Padre (revelación).
Cristo no solamente es la plenitud de la salvación, sino que
también es la plenitud de la revelación de Dios hecha al
hombre (Dei Verbum 7, C. Vaticano II).
"Ahora me alegro por los padecimientos que soporto, y
completo en mi carne lo que falta por las tribulaciones de
Cristo en favor de su cuerpo, que es la Iglesia, de la cual
he llegado a ser ministro, conforme a la misión que Dios me
concedió en orden a vosotros para dar cumplimiento a la
palabra de Dios, al misterio escondido desde siglos y
generaciones, y manifestado ahora a sus santos, a quienes
Dios quiso dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de
este misterio entre los gentiles, que es Cristo entre
vosotros, la esperanza de la gloria al cual nosotros
anunciamos, amonestando e instruyendo a todos los hombres
con toda sabiduría, a fin de presentarlos a todos perfectos
en Cristo" (Col 1,24-29).
San Pablo enseña en este fragmento de la Carta a los
Colosenses que Cristo nos revela el misterio que Dios había
tenido escondido por siglos. El misterio de que habla san
Pablo es el plan de Dios para salvar al hombre, plan que se
fue manifestando poco a poco hasta llegar a su máxima
revelación en Cristo Jesús. Como dice la Carta a los
Hebreos, "Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el
pasado a nuestros padres por medio de los profetas, en estos
últimos tiempos nos ha hablado por medio de su Hijo"
(1,1-2).
Dios nos ha facilitado enormemente las cosas al hacerse
hombre en Jesucristo; ahora nosotros debemos acercarnos a
Jesucristo, pues haciéndolo estaremos acercándonos y cono-ciendo
mejor a Dios mismo, y al recibir a Cristo Jesús en los
sacramentos estaremos reci-biendo con él a Dios Padre y a
Dios Espíritu Santo, ya que la persona de Cristo no puede
comprenderse sin su divinidad.
Si con una actitud de búsqueda vemos hacia el cielo infinito
o hacia el mar profundo; si contempláramos pueblos cercanos
o lejanos, si analizámos nuestra sociedad más próxima o
nuestros problemas más sentidos, y en ese bastísimo panorama
preguntáramos por donde comenzar o quién podría hacernos
comprender todo, la respuesta es una: Cristo Jesús, el Hijo
de Dios vivo.
El estudio de la revelación referente a la salvación nos
indica que esta se alcanza por grados. En un primer grado
participamos de ella en nuestra vida terrena, es decir,
durante los años que tengamos de vida; en un segundo momento
participaremos de la salvación de un modo más completo al
morir, y en un tercero en su plenitud total al final de los
tiempos. Así pues, aunque la salvación es una, el grado de
participación en ella va cambiando, porque cuando una
persona muere quedan en el mundo muchos otros bautizados que
con su oración y sus buenas obras acrecientan la
participación del finado en la salvación; esto tiene su
funda-mento en el hecho de que Cristo está presente entre
quienes ya murieron, y está presente tam-bién entre los
vivos por medio de los sacramentos. De esta manera Cristo es
puente de unión entre vivos y muertos.
El segundo grado de participación en la salvación, que
ocurre con la muerte de cada individuo, y el tercero que
ocurre con la muerte del último de los bautizados, son
estudiados por la Escatología o tratado de las últimas
cosas, que también es llamado tratado de la salva-ción plena
en Jesucristo.
El primer grado de participación en la salvación de Cristo
es estudiado por la Cristo-logía, en cuanto que esta ciencia
nos muestra el significado de la presencia de Dios en Cristo
(Encarnación) y la presencia salvífica del ser humano en
Dios (Resurrección). En Jesucristo tenemos tanto a Dios que
se hace hombre como al hombre que es resucitado y
glorificado.
De Cristo aprendemos cómo descubrir a Dios en nuestras
vidas, lo cual viene a ser lo mismo que encontrarnos con
Jesús resucitado; y por otra parte aprendemos también cómo
el hombre es transformado, salvado y glorificado por Dios, o
cómo Cristo resucitado transforma al ser humano.
Este primer grado de participación del cristiano en la
salvación también es estudiado por la Espiritualidad, en
cuanto que nos hace conocer los grados de perfección que
pueden alcanzarse, los obstáculos que encontraremos en este
crecimiento y las normas para evitarlos, así como las leyes
de la vida espiritual.
El primer grado de participación en la salvación se logra
practicando las virtudes teolo-gales de la Fe, la Esperanza
y la Caridad, porque al vivirlas comparimos la salvación y
la redención de Jesucristo.
El primer grado de la salvación se inicia con el bautismo,
que es el sacramento por medio del cual nos incorporamos al
cuerpo de Cristo; este sacramento nos borra el pecado ori-ginal
y nos comunica el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús
resucitado. La presencia de Dios en el bautizado es
inconsciente, no nos percatamos de ella; la fe y la Iglesia
nos la enseñan y por eso sabemos a ciencia cierta que
llevamos en nosotros la vida de Dios, la gracia de Cristo,
la salvación incipiente. Los demás sacramentos fortalecen y
acrecientan en nosotros la presen-cia de Cristo resucitado.
Cuando una persona bautizada pone a tabajar la gracia que ha
recibido en el sacra-mento; es decir, cuando se convierte,
cuando se esfuerza por hacer el bien, por cumplir los
mandamientos, por practicar las virtudes, entonces es que
comienza su camino hacia la santi-dad. El bautizado alcanza
la santidad cuando después de seguir este camino de
perfecciona-miento de su vida cristiana comienza Cristo a
actuar a través de él, y él así lo percibe; en ese momento
comienza la persona a ser santa, aun cuando la Iglesia no le
reconozca a nadie tal calidad, por muy evidente que sea,
sino hasta después de haber muerto. Santidad, entonces, es
la participación en la salvación de Cristo, pero realizada
ya en la vida terrena y de una manera consciente.
La gracia salvífica la recibimos con el bautismo y la
podemos acrecentar por medio de los demás sacramentos a lo
largo de la vida, pero si no hay una conversión personal de
por medio esa gracia salvífica solamente se hará eficaz
hasta el momento de nuestra muerte. El participar de Cristo
nos va haciendo participar de la creación entera, pues como
lo enseña san Pablo, todo fue hecho por Cristo, en Cristo y
hacia Cristo; de manera que entre más profundamente esté
Cristo en nosotros más capaces seremos de comprender y tomar
posesión de todo lo que nos rodea.
3.- La Cristología, ciencia o tratado sobre Cristo.
La Cristología es la ciencia que estudia la figura y la obra
de nuestro Señor Jesucristo; este estudio lo realiza a
través del análisis de las fuentes (escritos) donde fueron
quedando plasmadas las huellas humanas de Jesús de Nazaret.
La primera de estas fuentes es la Sagrada Escritura, y en
forma particular los evangelios; es la fuente que con mayor
autoridad nos habla de la persona y de la obra de
Jesucristo, ya que los evangelios —según la tradición—
fueron elaborados por dos de sus propios discípulos, Mateo y
Juan, y por dos de los discípulos de los apóstoles: Marcos y
Lucas.
La otra fuente de la Cristología es la Tradición de la
Iglesia, simplemente conocida como la Tradición y contenida
básicamente en los documentos de los concilios ecuménicos en
los que se ha ido formulando el dogma de fe sobre
Jesucristo. Estos concilios son fundamen-talmente cuatro:
Nicea, celebrado el año 325; Primero de Constantinopla, del
año 380; Efeso, del año 431, y Calcedonia en el año 451, en
el que se llegó a la formulación humana más precisa sobre la
persona de Jesucristo.
Sabemos que Cristo se encuentra en la totalidad de la
creación; sin embargo no pode-mos partir de la creación para
el estudio de la Cristología, porque ésta es iluminada
solamente a partir de la Encarnación de Dios hecho hombre.
El único punto de partida para el estudio de Cristo es
precisamente el acto de la Encarnación, porque cuando Dios
se hizo hombre hubo ya alguien con nuestra misma naturaleza
humana que al mismo tiempo era Dios. Nadie mejor que Cristo
para hablarnos de Dios, porque él es Dios y porque es
también hombre igual a nosotros en todo, menos en el pecado.
Por otra parte, nadie mejor que los apóstoles para hablarnos
del hombre Jesús que fue glorificado en su resurrección,
porque ellos lo conocieron, convivieron con él, y luego de
haber resucitado se les apareció y lo pudieron ver. Ambas
experiencias, la de la encarnación y la de la resurrección,
están registradas en la Sagrada Escritura; por eso para
nosotros es imprescindible partir de ella para conocer la
figura y la obra de Cristo Jesús.
La Tradición es una formulación, una explicación, una forma
humanamente compren-sible de expresar la experiencia de
Cristo trasmitida por los apóstoles, según lo enseña el
magisterio de la Iglesia.
Cristo está presente en la creación entera, pero nosotros
veremos en este curso la parte donde la presencia de Cristo
se vuelve conciencia, es decir, la que se manifiesta a
partir de la Encarnación de Dios. La presencia de Cristo
sobre la tierra ha dejado huellas en la conciencia de los
hombres; la Cristología estudia la huella que ha marcado en
la conciencia humana la presencia del Verbo Eterno hecho
hombre.
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